Suele pasarnos que en nuestras relaciones con los demás cuando un amigo nos hace algún favor, lo olvidamos muy fácilmente … demasiado fácilmente. 

Pero cuando ese mismo amigo NO nos hace el favor que esperamos o, peor aún, hace algo que nos molesta, eso no lo olvidamos jamás. Se instala ese momento en nuestras cabecitas, y cada vez que nos topamos con él, nos vuelve el recuerdo, y con él el rencor que ya le tenemos. 

‘Dice una leyenda árabe que dos amigos viajaban por el desierto. En un determinado punto del viaje discutieron, y uno le dio una bofetada al otro. El otro, ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena:


HOY, MI MEJOR AMIGO ME PEGO UNA BOFETADA EN EL ROSTRO.


Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron bañarse. El que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, siendo salvado por el amigo. Al recuperarse tomo un estilete escribió en una piedra:

HOY, MI MEJOR AMIGO ME SALVO LA VIDA.

Intrigado, el amigo preguntó: ¿Por qué después que te lastimé, escribiste en la arena y ahora escribes en una piedra?

Sonriendo, el otro amigo respondió: “Cuando un gran amigo nos ofende, deberemos escribir en la arena donde el viento del olvido y el perdón se encargaran de borrarlo y apagarlo; por otro lado cuando nos pase algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón donde viento ninguno en todo el mundo podrá borrarlo“.

Las personas podemos decidir qué recordar y cómo. Decidir recordar lo que nos haca daño, genera resentimientos ¿Queremos tener resentimientos hacia alguien? ¿Para qué? Es probable que alguna vez, haya sido yo quién he “abofeteado” o cometido ese acto, que ahora me duele, hacia otra persona. Entonces, ¿de qué manera lo juzgo y para qué cuando soy yo quien lo recibe? ¿Y cuando soy yo quien lo hace?

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